
Un cuarto de hospital bajo tubos fluorescentes y otro con una sola lámpara encendida pueden quedar en el mismo pasillo, y lo que los separa casi siempre es una petición hecha a tiempo, no el presupuesto de la institución. Esa es mi posición después de meses estudiando el parto humanizado como quien prepara un examen final. Vale para la maternidad en Colombia, sea en Cartagena o en cualquier otra ciudad: la preparación al parto incluye saber qué pedir, a quién y con qué respaldo, porque los derechos maternos existen en el papel y el ambiente tranquilo se arma cuando una mujer los conoce y los usa con respeto.
La respuesta corta, para quien ya tiene la fecha encima: apóyate en la ley, pide poco y concreto durante la cita, lleva objetos que cambien la luz y la comodidad, y no te aísles del todo. Lo que sigue es cada punto, tal como me lo preguntan las lectoras y como me lo pregunto yo.
Derechos maternos en Colombia: lo que la Ley 2244 me deja pedir
La Ley 2244 de 2022, conocida como Ley de Parto Digno, fue lo primero que leí con lápiz en la mano, y qué pena con vos, pero nadie me la mencionó en una consulta. Según lo que entendí, reconoce el derecho de la mujer a estar acompañada por una persona de su elección durante el proceso. Para una maestra que vive pegada al manual de funciones, encontrar eso por escrito fue como abrir el cuaderno con las respuestas. Cambió mi maleta: la certeza de que mi esposo no se quedaría en una sala de espera, como quien tramita un pasaporte, pesa más que cualquier pañal.
Cómo se aplica en cada institución lo confirmo con mi EPS y con mi equipo médico, porque leo la ley como maestra, no como abogada. Aun así, tenerla cerca me quita la sensación de estar molestando. Escribí mi plan de parto de un tirón, sin borrar ni cuestionar una sola línea, y esa hoja me pareció más mía que cualquier folleto; qué debe llevar un plan así tiene su propio espacio en el blog.

Pedir cambios sin sentir que estorbo
Wendy Palacios, lectora del blog, me escribió justo con esa duda, y con una honestidad que le agradezco: le daba pena pedir cualquier cosa porque el personal ya cargaba demasiado. Le contesté con lo que me sirve a mí. Primero, pido en la cita y no el día del parto, cuando nadie tiene la cabeza para negociar. Segundo, pido cosas que al personal le cuestan poco (bajar la luz, saber quién puede entrar conmigo, poder moverme) y dejo lo clínico siempre en manos de la médica.
Lo que no me funcionó fue quedarme con las recomendaciones breves de la ginecóloga. Salía del consultorio con la lista de indicaciones y el doble de dudas, porque el tiempo de la cita no alcanzaba para resolver cada una. Ahora llego con pocas peticiones, ya escritas y en orden de importancia, y pregunto cuáles se pueden y cuáles no. Sobre el manejo del dolor, que merece su propia conversación, solo sumo la pregunta de cómo se decide en ese hospital.
Mija, si puedo manejar treinta niños en un salón caluroso, puedo pedir con voz tranquila que bajen una luz. Ensayo la frase caminando por la avenida del Lago, en Manga, hasta que sale sin temblor.
La luz del techo es lo primero que pido cambiar
Mi primera petición siempre es la misma: apagar la luz del techo y dejar una lámpara pequeña o una cadena de luces LED de pilas. No lo hago por estética, pues. En mi experiencia de aula, el ritmo se rompe cuando alguien te observa desde arriba, como cuando entra un inspector justo en medio de un tema difícil, y sospecho que un cuarto de parto funciona parecido. Lo planteo como criterio propio, no como ciencia médica.
Algunas instituciones aceptan estos elementos si se solicitan con respeto y otras tienen sus reglas; por eso pregunto antes y no doy nada por hecho. Si mi equipo me dice que por seguridad no se puede, se hace lo que ellos indiquen, sin discutir.
Los audífonos y el antifaz
Aquí toca echar para atrás en algo que pensaba hace unos meses. Yo estaba convencida de que un parto tranquilo pedía audífonos que taparan todo el ruido y un antifaz para no ver a nadie, desconexión total. Ya no lo pienso así. Si te apagas por completo, cualquier intervención necesaria del personal te llega de golpe, y eso puede subirte la ansiedad justo cuando menos la quieres; cuando el nerviosismo pesa más que el cuarto, lo trato aparte en otro artículo.

En lugar de aislarme busco un filtro: música suave para mí y nada que me impida oír la voz de mi médica o de mi partera. El ambiente tranquilo no es una burbuja de cristal, es que lo que entra a tus sentidos sea lo que vos elijas. Por eso, dentro de mi preparación emocional para la maternidad tras años de espera, practico oír el monitor y las voces del pasillo como parte del cuarto, no como enemigos. No soy médico, solo una maestra que sabe que un salón en silencio absoluto a veces estresa más que uno con un murmullo controlado.
La maleta como parte del ambiente
Armar la lista se siente como preparar el salón para el primer día de clases: cada objeto tiene una función para mi propio cuerpo. La maleta ya no es un proyecto lejano sino algo que espera junto a la puerta. Llevo un termo para el agua fría, una pijama que no me haga sentir una bata blanca más caminando por el pasillo y aceite de lavanda para masajes, cosas que parecen bobas y que en una clínica hacen la diferencia.
Quien esté en esta misma etapa puede revisar las cosas que debe tener la maleta del hospital para el parto en Colombia, porque a veces nos llenamos de cosas que la clínica no deja entrar y nos falta lo básico. Con la pelota de pilates hago lo mismo que con las luces: hay lugares que la permiten y otros que no, así que lo pregunto antes de comprar la bomba de aire. Moverme y cambiar de posición me da la sensación de que el espacio es mío y no de que estoy anclada a una cama con sábanas que pican.
Yenifer, la compañera de primero que siempre carga un snack de más en el bolsillo, revisó mi lista y me dijo que la maleta de quien acompaña también cuenta. Tenía razón: quien va a estar a mi lado necesita lo suyo para no desconcentrarse.

Lleva tus preguntas a la cita, no al día del parto
Antes del gran día hablo con la médica sobre el protocolo de las luces, sobre quién puede entrar conmigo y sobre cómo se maneja el dolor. Con mis estudiantes repito que no hay preguntas bobas, y con ella aplico lo mismo. Si el hospital dice que no a algo, pregunto por qué y qué alternativa hay; cuando la razón es de seguridad, cedo, y cuando es solo costumbre, insisto con calma. Ante cualquier duda clínica la palabra final es de mi equipo médico, y yo solo comparto lo que vivo estudiando mi propio parto como si fuera un examen.
Mis amigas dicen que le pongo mucha mente, que el parto es un día y ya. Yo les respondo que planeo una unidad didáctica para que mis alumnos aprendan y no solo memoricen, y que quiero habitar el nacimiento de mi hijo con esa misma atención. Dedicar tiempo a entender cómo elegir programas de preparación al parto para evitar desgarros perineales o cómo respirar mejor no es ser intensa, es ser responsable.
No controlamos todo lo que pase ese día, eso me lo han repetido mil veces, pero sí controlamos cómo nos preparamos. Un ambiente tranquilo en un hospital de Cartagena o de cualquier parte de Colombia sale de tres cosas: comunicación, límites claros y un poco de casa dentro de la maleta. Mi hijo llegará a un mundo ruidoso y brillante, y sus primeros momentos serán en un espacio que su mamá preparó con la misma paciencia con la que califica tareas un domingo por la tarde.